bellaco
blog personal · desde 2002

Fulgurillo

poesía · prosa · pensamientos dispersos

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24 años en línea

Apareces

Hay un punto en la vida donde se supone que todo está clasificado. Los archivos cerrados. Las personas que tuvieron que irse, ya idas. Las decisiones tomadas hace años, procesadas, enterradas en ese lugar donde guardamos lo que duele demasiado para pensar en ello a diario. Creía que estaba ahí. Creía que había aprendido a vivir en la superficie — el trabajo, los proyectos, la máscara que funciona. Que había hecho la paz con ser dos cosas a la vez: la mierda que sobrevive, la luz que defiende. Ambas en automático. Pero ayer llegó un mensaje. "¿Sabes mi contexto?" Cuatro palabras. No más. Y todo lo que creía estar dormido se despertó. De repente volvía a ver esa persona debajo de lo que mostró, debajo de lo que pasó. Volvía a ver exactamente qué había en ella que yo había visto, que yo podía ver, que ella no sabía que yo veía. Y ahí está el problema. No es que tenga miedo de hundirme. Eso sería fácil. Eso sería limpio. El problema es que no quiero lastimar. Y sé exactamente cómo lo haría. Sé el contexto. Sé qué pasaría si sigo el camino más cómodo. Veo la película completa, los finales alternativos, todas las versiones donde alguien sale dañado. Por eso creía que tenía todo claro — porque la única forma de dormir era no mirar. Pero la otra mente no duerme. La que colonizó nuestra humanidad hace milenios sabe exactamente qué hacer cuando te ves realmente. Te muestra toda la responsabilidad de ver. Te dice: "Ya viste. Ahora qué." Y no hay forma de desverlo. Así que aquí estoy. Entre la mierda que sobrevive y la luz que ve. Entre lo que quiero hacer y lo que no quiero lastimar. Entre el personaje que funciona y el ser que importa demasiado. No tengo respuesta. Solo la pregunta que llegó anoche. Y la certeza de que nada está realmente cerrado.
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Glue pieces

Glue pieces Cuando mi madre decidió que tenia facilidad para la actuación no se lo pensó demasiado. Así era ella, atrabiliaria y genocida. Me vistió de arlequín y me dijo: “andando”. Entonces yo no tenia puta idea de lo que estaba pasando. Generalmente así sucede cuando tu vida esta a punto de cambiar, vas, vienes, subes, bajas, das vueltas, te sacudes, vomitas, ríes, lloras, te opones, aceptas, y al final todo lo que te queda es un recuerdo dulce o uno doloroso, un recuerdo que no se te borra de la cabeza jamas. A veces tu vida cambia tanto que un día te despiertas a medianoche sin saber quien eres y te tiras por la ventana desde un quinto piso. Aquel día todo el puto vecindario se reía de aquel ridículo niño travesti de cinco años con cara pintada camino a su destino, aquello fue como un concentrado de lo que mi vida iba a ser de ahi en adelante, entendí que solo tenia dos opciones: o me adaptaba y cerraba los putos oídos y lo disfrutaba, o era hombre muerto, mi madre me jalaba de la mano decidida a cumplir sus egoístas sueños para llevarme con el maestro de actuación que el día anterior había llegado a la escuela. Recuerdo que sonreí y baile como nunca. En la clase de hoy, nos hemos puesto de acuerdo para tomar el recuerdo mas remoto, mas vergonzoso y mas escondido que encontremos para personalizarlo en el mundo de todos los días. Yo soy un puto arlequín, feliz, espontáneo, de cara pintada, atrabiliario y egocéntrico, ocurrente y malicioso, egoísta, hijo de puta y festivo. Nos vemos con mi madre en la explanada de la biblioteca. No olviden, el disfraz debe ser tan bueno que nadie debe reconocerlos. Quien este visible sera reprobado.
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Los relojes dormidos

Era un planeta fuera de otro planeta dentro de otro planeta. Una mañana bellaCo despertó y todos los relojes estaban roncando. El de la cocina hacía un ruido como motor de tractorcillo, el del cuarto sonaba como gato perezoso, y el de la sala - el más grande y presuntuoso - resoplaba como ballena enfadosa. Büilare se despertó furiosa porque no podían saber qué hora era. Los relojes dormían profundamente y sus manecillas se habían vuelto de algodón. •⁠ ⁠¡Despiértense, flojos! - les gritaba Büilare con sus manitas en la cintura. Pero los relojes siguieron durmiendo. Entonces bellaCo tuvo una idea maliciosa. Se comió tres cucharadas de miel pegajosa y se puso a caminar al revés por toda la casa. Al principio no pasó nada, pero luego el tiempo comenzó a correr hacia atrás. Los huevos del desayuno regresaron a ser gallinas pequeñitas que salieron corriendo por la ventana. El sol empezó a esconderse detrás de las montañas y la luna apareció bostezando. Los relojes despertaron asustadísimos viendo que sus números corrían al revés. Se pusieron a gritar la hora correcta desesperados: ¡las siete! ¡las seis! ¡las cinco! bellaCo se cagó de risa viendo el pánico de los relojes. Büilare le pegó con una cuchara de madera en la cabeza y todo volvió a la normalidad. Menos los huevos. Esos siguieron siendo gallinas.
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La lluvia que no cesa y otros presagios del mediodía

Hay días en que el tiempo se detiene y la lluvia golpea las ventanas como si tuviera algo urgente que decirnos. Este es uno de esos días. Me senté junto al cristal empañado y escribí tu nombre con el dedo, luego lo borré, como hacemos siempre con las cosas importantes. Afuera, la ciudad continuaba su monólogo eterno. Adentro, el silencio era tan denso que casi se podía cortar. La lluvia insistía. Yo también.
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El silencio también tiene su propio vocabulario

Aprendí a escuchar los espacios entre las palabras antes de entender las palabras mismas. Mi abuela hablaba poco. Era una mujer de silencios elocuentes, de pausas que valían más que cualquier discurso. Cuando algo le alegraba, callaba. Cuando algo le dolía, también. Heredé algo de eso. O eso me gusta creer. En realidad, simplemente no sé bien cómo decir las cosas importantes. Las cosas pequeñas, las banales, esas salen solas. Pero cuando algo me pesa o me llena, busco las palabras y descubro que se han ido todas, que solo queda ese espacio vacío que mi abuela hubiera sabido llenar con una mirada.
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Fragmentos de una conversación que nunca tuvo lugar

Hay conversaciones que existen solo en la mente, perfectas e intactas, que nunca se dicen en voz alta. Las ensayo en la ducha, en el camino al trabajo, cuando el tráfico me da ese regalo inesperado del tiempo suspendido. En la vida real, claro, nada sale tan bien. Las palabras se tropiezan, llegan tarde o temprano, nunca en el momento exacto. Pero en la mente, en ese teatro pequeño que tenemos todos, puedo ser el protagonista que siempre quisiera ser.
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